El 15 de agosto, en pleno verano de récord y en mitad de una ola de calor marina, el SOCIB registró en el mar Balear una temperatura media de 29,7 grados. Es algo rarísimo, sin precedentes claros; aunque hablamos de un mar cerrado, calmo y poco profundo. El agua era una sopa, pero entra dentro de lo imaginable.
Cuento esto para que cuando diga que este lunes 5 de octubre una extensión de mar abierto doce veces más grande que España y en un lugar muy muy profundo se puso a 30,06 grados, podamos dimensionar bien el tamaño del problema.
Por primera vez, desde que tenemos registros, la temperatura de la zona del Niño 3.4 superó los 30 grados y, a priori, aún no ha dejado de subir.
Un récord con once años de vida. Hasta ahora, la temperatura máxima que habíamos encontrado en esa región eran los 29,82 del 17 de noviembre de 2015. Llevamos unos días 'tonteando' con los 29,9 y, según los datos preliminares, parece que el 5 se superó la "línea roja" psicológica.
¿Y por qué es importante? El detalle clave es que aunque el récord es verdad para la zona 3.4, no lo es para el Pacífico ecuatorial en su conjunto. En términos muy generales, esa enorme franja de agua funciona como una bañera con dos grifos: el del agua caliente está al oeste, junto a Indonesia, y el de agua fría al este, junto a Perú. Los investigadores analizan la zona 3.4 porque es una buena síntesis de los equilibrios internos del océano. Por eso es relevante: El Niño viene muy fuerte.
De hecho, ahora mismo, la región 3.4 tiene más o menos la misma temperatura que la 4. Y esta última está a 3.300 kilómetros más al oeste.
BenBaso
Un viejo debate que está a punto de resolverse. En 1991, mientras analizaban los datos del El Niño de 1987, Ramanathan y Collins teorizaron que el océano tropical tenía un techo térmico: ya sabíamos que a partir de los 27,5 aparece la convección profunda (grandes estructuras de tormentas tropicales), pero ellos llegaron a la conclusión de que hacia los 32 °C los cirros que generaría la convección reflejarían tanta luz que el agua no podría calentarse más.
John M. Wallace les contestó un año después que, con suficiente efecto invernadero, nada impediría pasar de ahí. Hemos desarrollado muchas teorías y simulaciones, pero aún no sabemos qué pasará. Pero el Pacífico parece decidido a mostrárnoslo.
Sea como sea, la cosa se está poniendo seria. Como decíamos hace unas semanas, los investigadores parecen tener claro que, por el efecto del cambio climático, estamos ante "el Niño más intenso que cualquier otro en los últimos 1.000 años". Nadie tienen claro qué va a pasar, pero las señales de alerta no dejan de acumularse: el impacto puede ser enorme.
Solo hay que recordar que El superNiño de 1877 "acabó" con el 4% de la población mundial y que, tras El Niño de 1982-1983, los efectos financieros se notaron durante más de media década. Fueron unos 4,1 billones de dólares. El Niño de 1997-1998, por su lado, produjo un daño al crecimiento económico mundial de alrededor de 5,7 billones de dólares.
Estamos más preparados que entonces, está claro. Pero la verdad es que no sabemos qué podemos esperar. Y ese es precisamente el gran problema.
Imagen | BenBaso
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