A mediados de 2015, el oceanográfo del JPL de la NASA, Bill Patzert, pasó por numerosas platós y redacciones periodísticas de todo el mundo explicando los datos del Pacífico ecuatorial. El 18 de noviembre de ese mismo año la región de referencia marcó el valor diario más alto jamás visto por los satélites de la NOAA. Las previsiones eran tan malas que, en algún momento de esa gira, Patzert pronunció tres palabras que pasaron a la historia "El Niño Godzilla".
Cuento esto para dimensionar lo que estamos viendo ahora mismo: meses antes de que alcance su máximo, El Niño actual acaba de dejar en ridículo al de 2015.
¿Qué ha pasado? Entre el 19 y el 22 de septiembre, la anomalía diaria de temperatura superficial en Niño 3.4 se situó 3,05 grados por encima de la media 1991-2020. En su momento álgido, el de 2015 llegó a situarse 3,02 por encima de esa misma media.
Con las reconstrucciones históricas en la mano, es el valor más alto de los últimos 150 años. Y, de hecho, si corregimos el efecto del cambio climático (que hace que El Niño parta cada vez desde más arriba), en el mejor de los casos, estaríamos empatados con 2015.
El asunto es que, a diferencia del de 2015, el proceso no se ha acabado.
El problema es la fecha. Y es que, mientras muchos se llevan las manos a la cabeza con la temperatura, lo importante es la fecha. El Niño, en muchos aspectos, tiene un calendario casi fijo: crece durante el otoño boreal y suele culminar entre noviembre y enero, para 'morir' en primavera.
Eso significa que, lo queramos o no, al actual El Niño le quedan semanas y semanas de potencial crecimiento. Acabamos de cruzar una línea, pero desde luego no es la de meta.
¿Cómo lo sabemos? Por el mecanismo estacional, sí; pero también por que la NOAA ha detectado anomalías de más de 10 grados bajo la superficie. Es decir, ahí hay mucho calor esperan a salir. No sabemos cuánto, ni que efectos tendrá; pero el Climate Prediction Center da más de un 90% de probabilidad de un evento muy fuerte y un 75% de que sea el mayor desde 1950.
Y sí, esto es un problema.
No es un fenómeno climático más. Y no lo debemos olvidar. Con la única salvedad de las estaciones, es la fuente más importante de variabilidad climática anual de todo el planeta: un proceso a gran escala que provoca fluctuaciones en la temperatura de las regiones central y oriental del Pacífico ecuatorial y, como consecuencia, produce enormes cambios en la atmósfera (y sus dinámicas globales). Algo que cuesta vidas y dinero.
En 2023, un equipo de investigación del Dartmouth College estimó en 'Science' que, tras El Niño de 1982-1983, los efectos financieros se notaron durante más de media década. Fueron unos 4,1 billones de dólares. El Niño de 1997-1998, por su lado, produjo un daño al crecimiento económico mundial de alrededor de 5,7 billones de dólares.
Hablamos del equivalente a un 3% del PIB estadounidense entre 1988 y 2003, pero en otros muchos países superó el 10%. En Ecuador, por ejemplo, entre el 1997 y el 1998, el producto interior bruto cayó diez puntos.
Imagen | Climate Reanalyzer
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