
Los satélites y las boyas no bastan para entender el Niño que viene. Por eso la NOAA ha mandado cuatro drones al Pacífico
El 21 de agosto dos barcos veleros de siete metros de eslora salieron de Honolulu hacia el Pacífico ecuatorial. Otros dos habían salido la semana anterior. Se dirigían hacia el sur, a unos 2.400 kilómetros de distancia. A un sitio en el que solo hay agua, agua y más agua. Es una de las zonas más importantes del mundo ahora mismo.
Ah, no lo he dicho: nadie va en esos barcos.
¿Cómo? A menudo oímos 'dron' y, automáticamente, nuestra mente piensa en un cacharro que vuela. No obstante, los 'saildrones' son algo fundamental en el mar. Y, en ese sentido, la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica acaba de enviar cuatro de ellos.
El motivo por el que la NOAA ha decidido montar una misión de cuatro meses y 9.700 kilómetros tampoco puede sorprender a nadie: en palabras del oceanógrafo Michael McPhaden, "un El Niño monumental está llamando a la puerta" y "vamos a mirarlo más de cerca".
¿Y qué van a hacer? La idea es que midan minuto a minuto lo que ocurre en la zona clave de vigilancia de El Niño. Pese a lo mucho que hemos avanzado, aún hay cosas que ni las boyas ni los satélites miden bien: detalles de temperatura del mar, del viento, la humedad, la radiación o las corrientes (que estos dispositivos pueden vigilar hasta unos 75 metros de profundidad).
Esos detalles son importantes para entender mejor lo que desde la NOAA llaman 'el motor de El Niño'. Es decir, la cantidad de calor que suelta el océano a la atmósfera; que es lo que acaba reorganizando la circulación atmosférica de medio planeta.
No es la primera vez que los mandan. De hecho, la NOAA lleva mandando drones desde 2017. Justificadamente, además. Por ejemplo, en 2024, descubrimos como "latía" diariamente esa zona con calentamientos sutiles, pero desiguales. Esto es interesante porque el Pacífico ecuatorial es la mayor fuente oceánica natural de CO₂ y entenderlo empieza a ser crítico.
La buena noticia es que, por ahora, El Niño tiende a debilitar el afloramiento y, con él, la emisió de CO2. En resumen, es algo que merece la pena estudiar en un evento tan fuerte.
Aprendimos su importancia por las malas. Porque en 1982, El Niño más grande del siglo (hasta el momento) pilló a todo el mundo sin preparar porque nadie estaba mirando el Pacífico. Y eso que la tecnología necesaria estaba disponible.
Se instaló una enorme red de boyas, pero a partir de 2012 (cuando el barco que las mantenía salió de servicio) la red ha ido perdiendo nodos. Para 2014, la red funcionaba al 40%. Los saildrones llegaron para intentar llenar ese hueco y, en la medida en que pueden, lo hacen.
¿Y entonces? ¿Qué podemos esperar? Lo cierto es que no parece que estos drones vayan a cambiar el pronóstico del invierno. Ya hay un 90% de posibilidades de que El Niño sea muy fuerte y, como mucho, nos van a ayudar en qué consiste un fenómeno de esta magnitud.
Sin embargo, la utilidad real vendrá en los años siguientes. En un mundo que se calienta al ritmo que nos calentamos, cualquier información es positiva. Así que cuatro drones pueden marcar la diferencia.
Imagen | NOAA
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